Cuando yo tenía unos siete años le pregunté a mi madre porqué habían pintado la mesa de aquel bar con el nombre de una bebida. Mi madre, poco conocedora del marketing, me contestó como pudo, que lo ponían los fabricantes para que la gente recuerde esa bebida, y no otra, a la hora de pedir. Y ese fue mi primer acercamiento a este mundo de la comunicación empresarial aplicada a las ventas. Desde entonces, y confieso que ha pasado mucho tiempo, las técnicas de promoción han avanzado y han (hemos) invadido hasta el último rincón de nuestra sociedad; los festivales de música existen sólo si hay patrocinadores, el fútbol se juega a la hora que digan los canales de televisión (en función de los anuncios) y las marcas invierten fortunas en promocionar no sólo sus ventas y sus productos, sino sus valores de marca y su filosofía.
Hasta aquí todo resulta bastante comprensible, una marca destaca los motivos para ser elegida frente a su competencia (por precio, por calidad, por prestigio o por cercanía) y los consumidores elijen según sus prioridades. Más allá de los mensajes explícitos, quienes nos dedicamos a estas actividades, buscamos otras formas de transmitir los valores de una marca o de un producto, desde los colores del logo hasta la tipografía de los carteles, desde el lenguaje que usamos en los mensajes y hasta los soportes mediante los cuales los damos a conocer. Estas técnicas a veces tienen sentido y otras veces sólo sirven para engordar nuestro ego y perjudicar las arcas de nuestros ingenuos clientes.
En este punto es donde podemos confrontar distintos enfoques. Personalmente siempre abogué por un marketing informativo, que utilice la empatía sólo para conseguir que el cliente nos escuche y, de ahí en adelante, motivar la compra mediante la información concreta, destacando valores pero explicando claramente porqué comprar un producto y no otros (o ninguno). Siempre me pareció que es una forma de respetar al cliente potencial y de promover una compra razonada. En la otra punta de esas alternativas del marketing, encontramos la técnica conocida como “Celebrity endorsement” que despierta empatía por ciertas características personales (o profesionales) con las que el cliente se identifica. El comprador potencial “cree” que si se pone tal zapatilla correrá como tal atleta, si deposita su dinero en el banco que recomienda un goleador será igual de infalible que él y si toma el champán de fulanita será igual de sexy que ella. Esta identificación, que ha demostrado funcionar, resta muchos puntos en el concepto que tengo del comprador. Si alguien cree que por comprar el producto que un famoso recomienda (porque le pagan) va a adquirir sus características, es que algo falla.
Pero el “Celebrity endorsement” no sólo se mantiene firme a pesar de los escándalos que han protagonizado alguno de estos prescriptores, sino que ha dado una vuelta más hacia el peor papel que se puede asignar al comprador. Ahora la celebridad ya no necesita soltar (más o menos sutilmente) los mensajes de marca con los que el comprador se ha de identificar. Ya hay campañas que confían en la mera comunicación de que han “fichado” a un famoso. Y me temo que puede funcionar.
Que me perdonen los ciudadanos influenciables y mis colegas que viven del Celebrity endorsement o técnicas similares, pero quien compra un producto porque esa marca ha contratado a un famoso para que la promueva, que se lo haga ver. Prefiero un marketing que ponga al consumidor en un papel más informado.



